Tabaco
Tiene tela empezar a interesarse por el tabaco a raíz de dejar de fumar. Quizás todo sea por no convertirme en esa clase de ex-fumador que se pasa el día recordando a los fumadores que están perdiendo el tiempo en un vicio absurdo, o por pura curiosidad hacia el que es posiblemente el ritual más desvirtuado de la historia.
Se presume a veces que los no fumadores son moralmente superiores, y que tienen algo de qué enorgullecerse, sin comprender que les falta uno de los grandes placeres de la humanidad. Estoy dispuesto a admitir que fumar es una debilidad moral, pero por otra parte debemos precavernos del hombre sin debilidades morales. No se puede confiar en él. Es fácil que sea siempre sobrio y no cometa un solo error. Seguramente sus costumbres han de ser regulares, su existencia más mecánica, y su cabeza mantendrá siempre la supremacía sobre su corazón. Por mucho que me gusten las personas razonables, odio a los seres completamente racionales. Por esa razón estoy siempre atemorizado e incómodo cuando entro en una casa donde no hay ceniceros. Suele ocurrir entonces que la habitación sea demasiado limpia y ordenada, que los almohadones estén en su debido lugar y que la gente sea correcta y no emotiva. E inmediatamente debo asumir mi mejor comportamiento, lo cual significa el comportamiento más incómodo.
Lin Yutang, La importancia de Vivir.
Mi opción ha sido dejar un buen surtido de ceniceros en casa y comprarme una pipa, que huele mejor, es tabaco “casi” de verdad, no es tan nocivo como los cigarrillos e infinitamente más barato.
Cuando consiga encenderla y fumarla como es debido, ya va a ser la repera.










