Quico Cadaval es poco menos que dios en Galicia. Eso es así. Si uno intenta seguirle la pista se puede encontrar con que está de gira por bares, o dirigiendo teatro, o de profesor de Operación Triunfo en Portugal, o casi cualquier cosa que uno se pueda imaginar que tenga que ver con contar historias.
El jueves estuvo en Madrid dirigiendo y representando “Shakespeare para Ignorantes”, una joya de obra en la que, a modo de conferencia, Quico repasa momentos estelares de la obra de Shakespeare como reflejo de situaciones tan dispares como la pequeña empresa, la religión o el amor. Le acompañan “Mofa e Befa”, un dúo cómico encargado de representar esos mismos pasajes.
El conjunto es fantástico, la capacidad de Cadaval para meterse con el público e improvisar, ya sea en un bar o en un teatro, es increíble y lo que “Mofa e Befa” consiguen representar con apenas un trozo de tela, ya les gustaría a muchas compañías con decorados y vestuario. Vamos, que una maravilla.
La devoción que Chris Marker siente por Andrei Tarkovski no es nada nuevo. Las referencias al autor ruso en la manera de filmar y los guiños a la propia obra en, por ejemplo, la zona que nos muestra en “Sans Soleil”, son buena prueba de ello.
En “Un día en la vida de Andrei Arsénevich”, Marker recupera material grabado durante una visita a Tarkovski (ya enfermo y trabajando en el montaje de su última película) y lo entreteje con imágenes de la obra del propio director ruso formando un homenaje excepcionalmente tierno a la vez que un acercamiento impecable a la obra de su buen amigo.
Desde el arranque, en el que los primeros planos de la madre en “El espejo” se mezclan con la propia mujer de Tarkovski esperando a su hijo tras 5 años forzosamente separados, Marker asienta el tono de todo el trabajo, dejando también hueco para los momentos de cotidianidad que nos llevan de una secuencia a otra (especialmente tierna la imagen de la mujer de Tarkovski, radiante tras reencontrarse con su hijo, hablando con Marker: “Está lloviendo, como en las películas de Andrei. Como en el Espejo, como en Stalker, llueve”)
De ahí en adelante, cada minuto es una lección de montaje y una demostración tanto de la riqueza de matices del cine de Tarkovski, como de la capacidad de Marker para extraerlos y enfrentarlos con la situación del director en el momento de la grabación.
Supongo que se me está viendo el plumero, y que se nota demasiado que no me pueden gustar más ni uno ni otro, aún así, “Un día en la vida de Andrei Arsénevich” no tiene ni un ápice del análisis tan inaccesiblemente afrancesado que comparten otras obras de Marker como “Level 5″, por ejemplo.
Está, una vez más, fantásticamente editado por intermedio.
Entre 1957 y 1965, en el 821 de la sexta avenida con la 38, los más importantes músicos de jazz de la época se reunían para ensayar, improvisar piezas, o simplemente pasar el rato en un loft abandonado por el que por supuesto también pasaba lo más bajo de las calles neoyorquinas.
W. Eugene Smith, instalado en el cuarto piso de ese mismo loft, documenta todo lo que allí ocurre en 4.000 horas de grabaciones y cerca de 40.000 fotografías que nunca fueron publicadas.
45 años después vemos The Jazz Loft Project, una exposición mostrando lo mejor de la obra de Smith junto con algunas de sus grabaciones, pero también un libro con una pinta estupenda y lo mejor de esas grabaciones online en algo que han llamado Radio Sessions.
Vamos, que se le cae a uno la baba. Me enteré de todo por Jose Horna, que de Jazz y fotografía, sabe mucho.
El Conde Kaiserling, embajador de Rusia en Saxony, sufría, amén de otras cosas, de un incurable insomnio, motivo por el cual instaló en su casa a Johann Gottlieb Goldberg, un diestro clavicordista. La misión de Goldberg no era otra que, simple y llanamente, entretener al conde.
Estando en presencia de Bach, el conde comentó lo mucho que le encantaría tener una serie de piezas que consiguieran levantarle un poco el ánimo en las largas noches en vela, ante lo que el maestro respondió con las que se conocen como las Variaciones Goldberg (a pesar de que Kaiserling siempre se refiriese a ellas como “Mis Variaciones”). No hay más referencias a la vida de Goldberg fuera de las entusiastas palabras del biógrafo de Bach, Johann Nikolaus Forkel, y la certeza de su temprana muerte por tuberculosis a los 29 años. El conde recompensó a Bach con un caliz de oro que contenía cien louis-d’or.
El cenit de la interpretación de las variaciones Goldberg se alcanzó dos veces (al menos grabadas), la primera en 1955. Glenn Gould, con sólo 23 años, sentado en una pequeña silla hecha por su padre, maravilló al mundo con una interpretación enérgica y frenética. La segunda en 1981. El mismo Glenn Gould, 26 años más tarde, sentado en la misma silla (visiblemente más deteriorada), grabó por segunda vez las variaciones de manera completamente nueva, mucho más pausada e introspectiva, tratando el Aria y las treinta variaciones como una pieza única.
En las grabaciones de las Variaciones Goldberg, a menudo se escucha el tarareo del propio Gould sobre la pieza. Gould, un hombre excéntrico y soberbio hasta el límite (siempre llevaba ropa de invierno, nunca dejaba que le tocasen y era extremadamente hipocondríaco, además de crear al menos una docena de seudónimos para escribir críticas hostiles contra sus propias interpretaciones), decía que este murmullo salía incontrolablemente de su boca en aquellas partes en las que el piano no era capaz de representar la obra completamente.
Se puede ver la segunda grabación de las Variaciones en YouTube, el arranque del Aria y las primeras piezas son especialmente emocionantes.
Tanto la vida del propio Gould como las Variaciones, están ampliamente referenciadas en literatura. La segunda de las grabaciones se editó además dos veces, y, aunque la primera de ellas se puede encontrar en Ebay a precios bastante desorbitados, la segunda edición es relativamente fácil de encontrar. Ver a Gould encaramado sobre el piano como un viejito es algo que merece la pena disfrutar a más calidad de la que la red ofrece.