Archivo del mes November, 2010

Qué alegría cuando me dijeron…

Me flipa Charlie Parr, “Roustabout” es uno de mis discos de “old school” folk favoritos. El tipo se mantiene fiel al sonido sureño norteamericano golpeando el dobro y el banjo como si le fuese la vida en ello y sobreviviendo tocando en cada bar de carretera que se encuentra, así tiene la garganta, como un trozo de carbón escupido directamente desde el infierno (me río yo de la prensa musical).

Los Black Twig Pickers a su vez, son tres chavales que tocan como los ángeles y que han servido como back up band a más de una vieja gloria, su disco “ironto special” bien merece un par de vueltas.

Así que ver que Charlie y los Black Twig se reunen para hacer un disco de gospel de ayer, hoy y siempre, es casi como si me hubiese tocado la lotería.

Charlie presenta él mismo “Glory in the meeting house” así:

Recorded in the shed behind Mike Gangloff’s house in southwest Virginia with The Black Twig Pickers. Old gospel tunes that have been around forever and always a part of my set – The Black Twig Pickers set them on fire and I’m hanging on for dear life. Hopefully this will sway the Lord when the time comes.

No voy a negar que escuchando “There Ain’t No Grave Gonna Hold My Body Down” he pensado hasta abrazar el evangelismo y convertirme a la puta verdad de la palabra, o que “Where You Gonna Be (When the Good Lord Calls You Home)?” ha hecho que repase una vida de daños al prójimo para joder, ¡arrepentirme!

No es un disco para todos, vaya eso por delante, hace falta al menos un pequeño grado de simpatía por la gente que tiene que echarse la barba al hombro para cortar leña y por los estándares repetitivos de los cantos espirituales.

Si es su rollo, pónganlo bien alto, arrodíllense y hagan penitencia, panda de pecadores. Cuando llegue el día, los justos serán salvados y llegará el que tenía por nombre Muerte; y el infierno le seguirá, y le será dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con mortandad, y con las bestias de la tierra.

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Lemire

Canadá nos gusta, eso es así. El país que nos dio a Arcade Fire o a David Cronemberg es especialmente prolífico en autores de historietas: Seth, Chester Brown, David Collier, Dave Cooper… Todos amparados además bajo el cálido manto de la mejor editorial de cómics sobre la faz de la tierra: Drawn & Quarterly.

El último descubrimiento es Jeff Lemire, que no publica en D&Q, pero sí en Top Shelf, que no está mal.

Canadá nos gusta, pero Lemire nos gusta más, nos gusta muchísimo. Lo que este hombre está haciendo en su serie regular “Sweet Tooth” es de punto y aparte.

“Sweet Tooth” parte de la ya tan manida historia de “fin del mundo” que tan de moda está desde que McCarthy escribió “La Carretera”, para hilar tramas mucho más complejas sin pretender enganchar en cada número a lo “Walking Dead” y sin necesitar golpes de efecto a lo “Scalped” (por poner dos ejemplos de series que me encantan).

La historia de Gus es más pausada, bebe de las mismas fuentes, pero lo mismo articula sin despeinarse un trasfondo místico religioso, que una secuencia de acción digna del mejor McTiernan. En esos momentos, la vuelta a la narración como se entendía antes hace fuerte a “Sweet Tooth”: El origen de este apocalipsis sí importa, y es el leit-motif lógico de una historia que se cruza con otras muchas pero que mantiene un lugar común que permite a Lemire prescindir de esas últimas páginas efectistas que buscan enganchar al lector para que compre el próximo número.

El dibujo es sobrio pero innovador, lleno de recursos que superan la viñeta y enriquecen la narración más que cualquier texto. Hay pares de páginas en “Sweet Tooth” que deberían estar en un museo.

Su anterior obra, “Essex County”, es uno de los 10 libros imprescindibles de la década en Canadá (lista de libros en general, no de cómics), y vive de DC en Superboy.

No le pierdan de vista.

Hay 4 Comentarios

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Toro Salvaje

Anoche vi Toro Salvaje otra vez, quizás fue la número quince, o dieciséis, no exagero.

Toro Salvaje es la mejor película de boxeo de la historia. Joder, Toro Salvaje posiblemente sea la mejor película de la historia, pero como es de sobra conocida mi capacidad para, digamos, exagerar un poquillo, dejemos esta segunda afirmación como el comentario de un fan con la experiencia estética todavía recalcitrando en sus pupilas.

Hay pocas cosas que humedezcan tanto las sábanas de un diseñador como los títulos de crédito, y Michael Chapman con Scorsese han dejado las mías para trapos esta noche.

Todo en la secuencia de arranque de Toro Salvaje es perfecto: la entrada en negro antes de la secuencia, la cámara ligeramente paneada a la izquierda para permitir que De Niro se mueva también de arriba a abajo por el ring, la tipografía siguiendo la retícula marcada por las cuerdas, ¡la música! el intermezzo de Cavalleria Rusticana de Pietro Mascagani, Raging Bull en rojo (junto a los super8 que reflejan el paso del tiempo, el único momento en color de toda la película), todo.

En los extras de la edición definitiva hablan un poco por encima de la secuencia: Los flashes de fondo son en realidad una única persona moviéndose de aquí para allá con una lámpara de cadencia larga (los flashes modernos no quedan recogidos muchas veces en los 24 fotogramas por segundo del cine). Scorsese escogió el intermezzo porque lo escuchaba de niño en un tocadiscos que le había regalado su tío… Detalles que convergen en dos minutos y medio de pelos de punta y sudor frío que, además, reflejan a la perfección el cine que se dispone uno a ver en las dos horas que siguen a esa secuencia, pero eso merece un libro y no un post.

Dejen lo que están haciendo y dense el gustazo. De nada.

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