Vaya por delante que fotografía y técnica son, para mi, cosas completamente diferentes. La capacidad de escoger una velocidad de obturación y un diafragma según las condiciones de luz y la sensibilidad es algo que requiere trabajo y estudio, y que abre un montón de posibilidades a la hora de capturar una imagen, pero la fotografía es otra cosa, algo que va más allá y que implica composición, contraste, o sencillamente una historia que contar. A mi también me gustaría ser bueno en lo segundo.
Dejando esto claro, es inevitable aceptar que hay un placer intrínseco a la fotografía manual del que no queda ni rastro en la P de las más modernas maravillas tecnológicas. Un pequeño orgullo de “esto lo he hecho yo” y de que sí, el trabajo implicado en una acción tiene una relación directa con su recompensa.
Medir la luz tampoco es algo tan imposible de aprender a hacer de manera manual, no nos engañemos. Hay miles de trucos para conseguir la exposición correcta (¿Sabías que a F16 en un día soleado, la velocidad debería ser igual al iso? ¿O que bajo la luz de una bombilla normal y para iso 200 y F2,8, la velocidad es 1/15 aumentando en un paso por cada bombilla en la sala?), sin embargo, ese concepto de “exposición correcta” en un mundo en el que miles de fotografías se tiran cada segundo con “exposición correcta”, tiene poco de original. Tirar una foto arriesgando a tener una exposición baja pero un buen enfoque, sabiendo que por tu pulso y por la maravilla mecánica alemana que tienes en las manos puedes llegar a 1/8 de velocidad sin que la cosa se mueva demasiado, puede darte una foto a iso100, que para una reflex digital de mil euros sería un iso1600 lleno de ruido.

Lo mismo pasa con la apertura, aunque supongo que todo se trata de la clase de fotografías que quieres hacer. A mi cada vez me gustan menos los objetivos que abren demasiado. Las fotos con profundidades de campo tan pequeñas son a menudo bonitas, pero siempre me viene a la cabeza un comentario del director Barry Sonnenfeld acerca del uso del tele y el angular en “Muerte entre las Flores” y su relación con la profundidad de campo. Venía a decir más o menos que, normalmente, hay que dejar que sea la composición la que guíe el ojo del espectador. Incluso para retratos, cada vez me gustan más los fotógrafos que enmarcan al sujeto y su entorno, de esto creo que no hay ejemplo mejor que los retratos de Arnold Newman.
Cada vez presto menos atención a la apertura máxima o la calidad del bokeh de una lente y más a cosas como el nivel de distorsión (de hecho, la foto de arriba no es gran cosa hasta que no tratas de imaginar qué forma tiene esa habitación).
Supongo que esas son algunas de las razones por las que ver a través del objetivo no es demasiado importante para mi. A cambio, usando cámaras telemétricas, tengo la ventaja de ver elementos que se quedan fuera del cuadro, puedo tirar a velocidades realmente lentas sin que un espejo mueva la toma, cargo con “poco” peso y la gente no se asusta tanto cuando les apuntas con la cámara.

Cuesta trabajo y todavía estoy aprendiendo. De hecho, desde que me pasé a las telemétricas no he conseguido todavía esa foto que realmente me encante, pero también es cierto que no disfrutaba tanto del acto de fotografiar como ahora. Sigo pensando que la enjundia está en la composición y la habilidad de captar el momento exacto que refleja mejor lo que sea que quieres contar, pero en el camino también está la magia.